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Posacuerdos

Del odio a la guerra: sobre el rearme de las FARC-EP

por Redacción, agosto 30 de 2019.

Del odio a la guerra: sobre el rearme de las FARC-EP

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por Redacción

En tiempos de desazón e incertidumbre frente a la decisión de algunos miembros de la guerrilla de las FARC-EP hemos de posicionarnos con lucidez y altruismo.

En tiempos de desazón e incertidumbre frente a la decisión de algunos miembros de la guerrilla de las FARC-EP de retomar la lucha armada para resolver el conflicto político-social que atrofia Colombia y sus habitantes desde hace más de medio siglo, hemos de posicionarnos con lucidez y altruismo.

La guerra que nunca se ganó, ni de un bando ni del otro, sólo ha logrado poner vidas en riesgo y nos confirma que la ilusión de un país en paz necesita de más voluntades, más acciones concretas y más convicción. El desafortunado rumbo que han tomado algunos miembros de las FARC-EP culmina rindiendo culto a las armas y cayendo en el mismo agujero sin salida de sus enemigos: el camino anacrónico de la violencia.

Ambos hacen oídos sordos a quienes creemos que Colombia es más que una cultura violenta: un pueblo capaz de dialogar y sobrepasar las grandes injusticias que abruman la sociedad.

Esta guerra no es nuestra pero nos quieren hacer creer que lo es. Apostarle a la eliminación de un enemigo por las balas es desconocer nuestra historia y creer ingenuamente que la mano dura forjará un mejor mañana. Las balas cruzadas no han hecho sino erradicar alternativas e invisibilizar procesos reales de construcción política para el país.

Las implicaciones de rearmar la guerrilla son claras: atizar el odio de una sociedad profundamente injusta con más desdén, invertir en más armas y programas de militarización, centrar nuestro tiempo y energía en encontrar nuestras diferencias en vez de buscar lo que nos une como habitantes de este territorio llamado Colombia.

La continuación de la guerra interna afecta principalmente los territorios rurales, es decir los campesinos, los indígenas, las comunidades afro. Los mismos que trabajan la tierra y conservan nuestras culturas. Los mismos desprotegidos y olvidados por el Estado Nación. Los mismos que han expresado su deseo por una salida negociada del conflicto armado.

El incumplimiento de lo pactado en la Habana es la frustración de todo un pueblo por transformar la realidad del campo colombiano, por reconocer la vulneración de los derechos de las mujeres y de los grupos étnicos, como también por construir herramientas institucionales de paz capaces de fundar las bases para una real convivencia.

La derrota de la paz también es consecuencia de la distorsión mediática contínua que apabulla las voces del cambio real, cristaliza los debates y las palabras e influencia un conformismo y un silencio frente al asesinato de líderes y lideresas agentes de cambio.

La crisis en Colombia es un reflejo de la situación global. Para cambios reales y concretos se necesitan acciones profundas y radicales. Para ello, hoy más que nunca necesitamos una real apertura política.

Hacer la Paz es de valientes, y estos tropiezos deben ser entendidos como un llamado a re-inventar y romper con los métodos castristas de la izquierda ideológica del pasado.

Del odio a la guerra hay sólo un paso.

La nota positiva es que los que perseveramos por una Colombia sin guerra somos más y los discursos por la deshumanización del conflicto se hacen cada vez más visibles e infundados. Desde el extranjero, la comunidad internacional debe multiplicar sus esfuerzos por acompañar el cumplimiento de lo acordado y abrir nuevos espacios a quienes creemos en un futuro con más educación, inclusión y memoria histórica.

Juan S Santoyo Sanchez

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