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Cultura de Paz

[Especial 1/2] ¿Por qué el paro nacional 28A tiene su centro en Cali?

por Alejandro Martín, mayo 26 de 2021.

[Especial 1/2] ¿Por qué el paro nacional 28A tiene su centro en Cali?

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por Alejandro Martín

Estamos aquí, denunciando la gravedad de lo que está sucediendo en esta ciudad. Pero sobre todo estamos aquí, como trabajadores del campo de la cultura, para reconocer el valor y la fuerza de quienes están en las calles pidiendo un país diferente. (Clic para ver el articulo original)


Lo que se ha vivido en Cali en estos últimos días ha sido a la vez emocionante y terrorífico. Es importante resaltar las dos cosas, porque el terror no debe imponerse por encima de la potencia y belleza de una manifestación valiente, creativa y vital de unos colectivos y comunidades que quieren criticar un sistema económico y político que no responde a las necesidades mínimas de una proporción enorme de sus habitantes.

Decenas de colectivos, organizaciones y ciudadanos se han encontrado y plantado en las calles para alzar sus voces en un reclamo legítimo, para oponerse a un sistema que no brinda posibilidades, en un momento en el que las condiciones de exclusión han sido exacerbadas por la pandemia.

Claroo, lo primero es denunciar el horror para proteger la vida. Se han violado los derechos humanos y la escalada de violencia de las fuerzas del estado contra los manifestantes parece no tener medida. Ya son decenas de muertos y un número grande de desaparecidos. Los organismos internacionales, como la Oficina de Derechos Humanos de la ONU, que velan por su cumplimiento se han sumado a las voces que, enfáticamente, reclaman el cese de la violencia y el terror. Incluso ellos han sido víctimas de los abusos de la policía. De todos modos, queda la sensación de que la reacción internacional ha servido para controlar un poco las fuerzas, porque no han continuado en la misma escala los días siguientes al llamado de auxilio internacional. 

Al mismo tiempo, hemos vivido desde el primer día del paro la masiva destrucción de la ciudad por bandas criminales que han destrozado casi todo el sistema de transporte MIO, saqueado cientos de comercios y bancos. Han dejado buena parte de la ciudad destruida y una sensación de caos y anarquía total. 

Y en todo este caos el alcalde se ha visto perdido y desconectado, tanto de los movimientos sociales que en un momento lo apoyaron, como de la fuerza pública y otros estamentos de la sociedad; se ha quedado solo. Es natural el agobio ante esta situación extrema, pero resulta muy grave que el alcalde de la ciudad haya declarado que no responde por las acciones del ejército o la policía. En entrevista con El País de España, el alcalde Jorge Iván Ospina señaló: 

“En Colombia hay una vaina que es un contrasentido. La Constitución dice que los alcaldes son los jefes de policía, pero el alcalde no coloca al comandante de la policía, el alcalde no paga al comandante. Cuando a un policía lo llama el general de rango superior deja al alcalde tirado y sale corriendo para allá.”

Los caleños hemos presenciado el despliegue desproporcionado de la fuerza pública y hemos seguido los mensajes de múltiples organizaciones sociales que señalan la violencia contra los manifestantes. En una manifestación, en vivo a través de Instagram, miles de personas atestiguaron angustiadas el asesinato de un joven artista urbano, Nicolás Guerrero, que junto a otros ciudadanos acompañaba una velatón en el Paso del comercio. Hay que acercarse al testimonio de su madre en su entierro, para aproximarnos al mundo de los jóvenes que se movilizan hoy.

¿Por qué sucede esto en Cali? ¿Qué está sucediendo en la ciudad?

Cali es una ciudad tremendamente desigual y violenta. Una ciudad dividida. Su cultura y vida cotidiana están marcadas por dos extremos: por un lado, una pequeña clase alta encerrada en su mundo, y por otro, una gran población en un gran nivel de pobreza que ha recibido migraciones por décadas; y en medio, una enorme clase media en gran parte empobrecida por décadas de crisis económica. 

Cali es una ciudad atravesada por distintos tipos y etapas de violencia como el narcotráfico y asolada por la crisis que sobrevino a la especulación financiera y al espejismo de un boom económico en los 80, que, al esfumarse a finales de los 90, arrastró a la quiebra a gran parte de las empresas más prósperas de la región y a los pequeños emprendimientos particulares que habían logrado consolidarse; todo estaba permeado por el narco. Sólo en los últimos diez años, la economía había comenzado a recuperarse, las empresas a crecer, y la alcaldía anterior de Ospina marcó una pauta renovadora que continuaron los siguientes dos alcaldes.

Sin embargo, el narcotráfico dejó implantada una lógica del uso privado de las armas a todo nivel de la sociedad, que se dispersó en cientos de estructuras criminales. Cali es desde hace casi veinte años una de las cinco ciudades con más asesinatos en el mundo. Los que ahora han arrasado con establecimientos públicos y privados son muy probablemente los mismos criminales que nos tienen atemorizados el resto del año. Y el narcotráfico, tanto a gran escala como micro, de nuevo se está apoderando de la ciudad y la región.

Al tiempo, es importante hacer ver cómo Cali es una ciudad muy compleja, con una gran riqueza cultural e intelectual. Las universidades han creado espacios muy importantes de encuentro y crecimiento para toda la ciudadanía que han hecho posible una masa crítica y un corpus teórico que le da densidad a muchos de los jóvenes que defienden un cambio. Una riqueza que se ha expresado también en una cultura musical que atraviesa gran parte de la población, sobre todo a través de la salsa y la música del pacífico, y una producción audiovisual que ha marcado la pauta en el país tanto con la cinematografía más reconocida internacionalmente, como con los proyectos más profundos de auto-representación desde las comunidades. 

Pero la crisis económica de finales de los 90 determinó un retraso enorme de la universidad pública, que nunca consiguió crecer al ritmo de la ciudad y se quedó muy pequeña ante la necesidad de una enorme población. Con el agravante de que la educación escolar para los más pobres deja que sólo muy pocos puedan entrar a la universidad pública; ya que viven en barrios donde las condiciones de la infraestructura educativa condena a una mayoría a graduarse sin los mínimos requeridos. 

Cali es una ciudad de un evidente racismo estructural, una ciudad heredera de una sociedad esclavista que nunca consiguió romper con esa relación desigual para brindar las condiciones justas y dignas a las poblaciones racializadas y marginadas. Cali es, además, la capital de una región incapaz de distribuir equitativamente entre sus pueblos los beneficios del poderoso Puerto marítimo de Buenaventura y las ganancias que se generan en el Valle del Cauca.

Ante todo esto, la reacción enorme, valiente y  vital de un grupo diverso de ciudadanas y ciudadanos que con marchas, consignas, carteles, tambores y músicas se ha tomado espacios de encuentro y discusión, ha sido capaz de paralizar la ciudad para señalar, de nuevo, las injusticias sociales y desigualdades abismales que históricamente se han reproducido ante nosotros; junto con un grupo de jóvenes inagotables de “primera línea” que han bloqueado varios de los enclaves de la ciudad. Un paro para ver y hacer ver que es insostenible una sociedad que somete a su gente a vivir en condiciones de pobreza y exclusión como las que tenemos.

Además de las lideresas que llevan procesos de décadas como Lila Mujer, Afrodes o la Casa del  Chontaduro, que han venido creando espacios de encuentro y afirmación y defendiendo los derechos de los desplazados por la violencia, se han unido nuevas líderes. Mujeres que desde la música no sólo nos han hecho ver la riqueza de la cultura del Pacífico, sino que desde su labores como profesoras y gestoras han buscado crear escuela y dar posibilidades para que los jóvenes encuentren un futuro con el que soñar y que el contexto oficial no está ofreciendo. Mujeres que desde Instagram ha conseguido crear una gran audiencia para una voz potente y elocuente que nos haga ver una ciudad que muchos no conocemos y, sobre todo, con una gran empatía que la ha sido capaz de hacer eco de las enormes dificultades que viven miles; dificultades que se han agravado terriblemente durante la pandemia. 

Puerto Resistencia

Lo que ha sucedido en P uerto Resistencia ha sido un ejemplo para todos. Allí, por donde se entra al Distrito de Aguablanca – un sector hacia donde se expandió la ciudad en los años 60 y que crece continuamente con distintas olas de desplazados – desde hace años se han venido organizando para defender sus derechos. Mostrando una gran capacidad de organización política, lo han hecho desde la solidaridad, acompañándose, cuidándose, y desde el arte también.

Puerto Resistencia ya no es más el cruce de caminos que antes conocimos y nombramos como Puerto Rellena. Hoy es la manifestación vital y política de la organización barrial; es el mural que se pinta como un gesto colectivo y un relato alternativo a la historia oficial. Es la marcha legítima, también el plantón y la olla comunitaria que hierve desde el 2019. 

Este cambio de nombre tiene toda la fuerza de la re-significación del espacio, dándole toda la importancia del caso a re-nombrarlo. Y un grupo de artistas ha buscado fijar esta acción a través de un símbolo muy potente que son los ruteros de las gualas, viejos jeeps que son el medio de transporte popular que lleva a los habitantes a sus hogares. Estos ruteros, las tablas donde se señala las paradas de la ruta y que se exhiben en los parabrisas, crean un nuevo mapa para una ciudad que siempre ha referido los mismos íconos y que, encerrada en una idea de identidad fija, no logra acoger la complejidad del territorio. Ahora que se habla de monumentos, eso sí que es un monumento nuevo: un rutero que señala un espacio histórico para todo un grupo social.

Créditos de la imagen: Pintura de Laura Campaz, Gerson Vargas, Johan Samboní y vecinos. Foto: Erika Pantoja

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